
Las manos también se desgastan
de aferrarse a las barras del metro
y dejar su huella allí donde se posan.
Mis manos son blancas cuando salto de la ducha
y huelen a nuevo.
Al volver gotean un gris ciudad
que me gusta ver caer sobre el lavabo.
Las manos, plagadas de dedos.
Son refugios que suenan,
tejados multicolores.
Saben llover a gestos
y volar palomas en las sombras.
Pueden matar.
Hay sangre seca en la memoria de las uñas
y brota fresca y caliente cada día.
Escupen trabajos forzados manos de niño,
y ampollas como granos de granada.
Tienen la piel de las serpientes
y son espejos del que las calza.
Las manos usan todas las lenguas
y sirven para fracasar en el intento de coger al vuelo una mariposa.
Saben desabrochar lo desacariciado
y aprenden a arrugarse con el agua y el tiempo.
Las manos se cierran en puños que golpean ideales.
Las tuyas,
las mías...
las manos del mundo.