domingo 30 de marzo de 2008

El día anterior estaba con ellos en Tafalla. Mi madre me dijo que al día siguiente irían a Calahorra a pasar el día en casa de mi abuela. No le di mayor importancia.
La fotografía está sacada por mi padre minutos después de la explosión del coche bomba colocado por E.T.A. en el centro de la ciudad.



He sacado de debajo de los escombros algo que escribí hace tiempo y le he arrancado el final:





¿Cuánto vale una vida?
¿Vale algo?
¿Hay vidas que valen más que otras? ¿Cuáles?
¿Cuánto pagarías por la de tu madre?
¿Y por la tuya?





Salí con mis dudas al mercado de una gran ciudad, de esas en las que los tenderos no te conocen y todo se puede comprar en máquinas. Me dirigí a una de las pocas personas que había allí.
Era un señor mal encorbatado y visiblemente harto de su trabajo.





- ¿Cuánto cuesta una Ideología?
- Mmm…Estas están más caras porque ya no se fabrican. Me quedan pocas, la verdad no creo que te vaya ninguna. Están pasadas de moda.
¿No te interesa más el Pasotismo que tengo en el escaparate? Los tengo de izquierdas y de derechas, y por supuesto el especial para jóvenes, que se agota cada semana.
- No, no es lo que buscaba. Quiero una Ideología, esa de ahí, la que grita y se revuelve.




Me miró aún más extrañado, como si hubiera entrado en una tienda de animales a pedir un dinosaurio y encima eligiera el cojo.




- Bien. Te daré las instrucciones de uso. Aunque no creo que hagas nada con ella. Tienes que conocerla primero y si te convence, intentar llevarla a la práctica.
- Ya, pero no todo vale. Quiero decir…no puedo hacer cualquier cosa para que todo sea como yo quiero. Por muy convencida que esté.
- ¿No? Y entonces niña, ¿Para qué te la compras?

viernes 21 de marzo de 2008



Por el cristal del autobús atravesé campos llenos de olivos, y al llegar, me recibió un sol de febrero tan sincero y real que pensé que había viajado hasta mayo. ¿Cómo no sonreír ante esta maravilla? Sin poder quitármela de la cara me fueron guiando por toda la ciudad. Córdoba es tan indescriptible para quien no ha estado allí como el sabor de una fruta tropical que no ha probado.
Cada paso, cada calleja, plaza, puente, merecía unos segundos de contemplación. Los balcones, las flores, la gente...
Sevilla fue otra aventura, aunque un poco más corta, igualmente intensa.

Durante todo el viaje no podía parar de escribir en la libreta: "Soy andaluza". Y hoy me muero de ganas por volver.

Gracias Lydia, familia y amigas por descubrirme todo esto y tratarme tan bien como hicisteis. Pero tendré tiempo de hablar de cada cosa, hoy sólo quería dar la bienvenida a la primavera, aunque allí la tuve por adelantado.