lunes 16 de febrero de 2009

El eco de la ecología

Mi madre siempre dice que parece que predica en el desierto cuando intenta corregir mi perfecto desorden. Hoy son otros los predicadores que me ocupan, quienes llevan décadas anunciando la catástrofe. Hablando desde distintos puntos de vista, porque la ecología es ya una palabra vacía, casi tanto como cosa, un comodín.
Hoy todos somos ecologistas. ¡Faltaría más! Y últimamente me llegan frases con ecos extraños. Eco-marcha, eco-socialista, eco-campus… Casi parece que estuviera de moda.
Cuando quien manda quiere desnaturalizar una palabra, un concepto, una idea potente y por tanto peligrosa, la adapta a su vocabulario. Y lo peor de todo es que les funciona. Nos han cansado de oír que reciclemos. Que usemos el transporte público. Que cerremos las ventanas si la calefacción está encendida… Por el medio ambiente –ya lo decía aquel, el otro medio se lo cargaron nuestros antepasados- y la sostenibilidad. Obvian decir que es la sostenibilidad de un sistema insostenible, de consumo exacerbado, con el que tenemos que acabar.
Faltan actos por parte de estos gobiernos tan verdes en la teoría y tan grises en la práctica. Un amigo me dijo que los humanos hemos conseguido que hasta los colores huelan mal, por la connotación de que los cargamos. Pues bien. No dejemos que lo hagan con esta lucha. Porque ser ecologista es en primer lugar ser consciente, tener la certeza de que lo que está en nuestras manos es muy poco, aunque importante, en comparación con las grandes decisiones que no se están tomando en los despachos, que es de donde por desgracia, salen las medidas que más podrían mejorar la situación.

Ser ecologista no es ser un lúcido, ni un visionario. Y mucho menos un progre. Es sencillamente tener los pies en la tierra. Si alguien tiene otro mundo de repuesto, que lo diga. Porque quienes se ponen la etiqueta verde en la frente y salen en la foto, compran emisiones de dióxido de carbono a países económicamente más pobres.
No debe ser fácil ser ecologista para quien compra, por su cumpleaños, una isla. Y de ahí, a pensar que el mundo es suyo… Hay un paso.